Día Internacional del Cambio Climático: actuar es un acto de solidaridad y justicia
Lee la reflexión del corresponsal scout Alejandro Molares con motivo de la conmemoración del 24 de octubre
Hay quienes aprenden a cuidar la naturaleza a través de una pañoleta, una mochila o una tienda de campaña. Otras personas lo hacen paseando por un bosque, cultivando o contemplando la naturaleza. Pero todas compartimos algo mucho más importante: un planeta que está cambiando y una responsabilidad que no podemos seguir ignorando.
Un planeta que nos envía señales
El cambio climático ha dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en uno de los mayores desafíos de hoy en día. Según datos del último informe de Indicadores del Cambio Climático Global (IDCG), las temperaturas han aumentado aproximadamente 1,3 °C en todo el mundo con respecto a la temperatura media de la etapa preindustrial (1850-1900), principalmente como consecuencia del efecto invernadero por la acción del ser humano.
Puede parecer poca cosa, pero sus consecuencias son muy grandes. Olas de calor más intensas y sequías prolongadas, veranos cada vez más largos, lluvias extremas, muchas inundaciones como las Danas, incendios forestales como los de 2025 y 2026 en España o los de Estados Unidos y ecosistemas que luchan por adaptarse a una velocidad que supera su capacidad de recuperación. Y aunque los efectos del cambio climático no son iguales en todas las regiones, hay algo que sí compartimos: nadie vive completamente al margen de ellos.
Una promesa que va más allá del Escultismo
Hace más de un siglo, BP (Baden-Powell), transmitió una idea que continúa siendo uno de los pilares del escultismo: “Dejad este mundo un poco mejor de como lo encontrasteis”. Esta frase encierra una filosofía que hoy cobra especial importancia. Para millones de scouts alrededor del mundo, la naturaleza no es únicamente un escenario donde realizar actividades. Es un espacio de convivencia y un lugar donde aprender que nuestras decisiones tienen consecuencias.
Cuando una persona scout recoge un residuo que no ha tirado aprende que cuidar algo no depende de ser responsable de haberlo ensuciado y que el trabajo colectivo puede transformar su entorno. Y cuando duerme bajo las estrellas descubre que forma parte de algo mucho más grande que él mismo o ella misma.
Pero no hace falta llevar una pañoleta al cuello para comprenderlo. Una familia que reduce su desperdicio de alimentos cada día, un agricultor que protege la fertilidad de su tierra reduciendo los insecticidas, una estudiante que impulsa un proyecto ambiental en un colegio o instituto o un vecino que cuida los espacios verdes de su barrio están poniendo en práctica exactamente el mismo principio.
El compromiso con el planeta no pertenece a ningún movimiento, asociación o generación. Nos pertenece a cada una de las personas.
Los recursos de la naturaleza no son infinitos
Durante muchos años hemos vivido como si la Tierra tuviera una capacidad infinita para darnos todos los recursos que necesitamos. Consumimos, producimos y desechamos a un ritmo que a los ecosistemas les cuesta asumir. Y, en ocasiones, olvidamos que detrás de muchos gestos de nuestro día a día hay agua, energía, materias primas y territorios transformados para hacer posible su fabricación y si no tenemos esto en cuenta, las energías renovables algún día se acabarán.
Los combustibles fósiles como el carbón, petróleo o el gas siguen siendo la principal causa del calentamiento global. Reducir su utilización requiere decisiones políticas, transformaciones económicas, innovación tecnológica y cambios en nuestros hábitos. Por eso, el cambio climático no se solucionará únicamente separando correctamente la basura. Necesitamos actuar principalmente sobre las causas del problema, no solamente sobre sus consecuencias.
Proteger estos espacios no significa únicamente conservar paisajes bonitos, significa defender nuestra biodiversidad, nuestros recursos y parte de nuestra identidad. Porque cuando desaparece un ecosistema, perdemos mucho más que un lugar que visitar, perdemos animales, plantas, historia…
Educar para transformar: el papel de la juventud
Existe una diferencia fundamental entre conocer un problema y sentirse capaz de hacer algo para solucionarlo. Aquí es donde la educación ambiental adquiere una gran importancia. El Escultismo lleva generaciones utilizando el aprendizaje mediante la acción: experimentar, equivocarse, reflexionar y volver a intentarlo. En lugar de limitarse a explicar por qué es importante cuidar el medioambiente, propone vivir experiencias que nos dejan comprenderlo. Una ruta puede convertirse en una oportunidad para observar los efectos de la sequía. Un campamento puede enseñar a gestionar responsablemente el agua y los residuos.
Sin embargo, este enfoque no es exclusivo del Movimiento Scout. Los colegios, las asociaciones vecinales, las familias… también pueden crear experiencias que despierten esa conciencia. La educación ambiental no debería consistir únicamente en transmitir datos preocupantes, sino en desarrollar pensamiento crítico, empatía y capacidad de actuación sobre el medio ambiente. Porque una juventud que solamente escucha hablar de catástrofes puede acabar sintiéndose impotente. En cambio, una juventud que aprende a participar descubre que tiene voz y que sus decisiones importan.
Pequeños gestos, grandes responsabilidades
Es frecuente escuchar que una sola persona no puede cambiar el mundo y, en cierto sentido, es verdad, pero eso no significa que nuestras acciones no tengan impacto. Reducir el desperdicio, consumir de manera responsable, utilizar transportes menos contaminantes cuando sea posible como el autobús, proteger los espacios naturales y participar en iniciativas comunitarias son formas de contribuir a la causa. También lo son los compromisos ambientales con las instituciones y las empresas, apoyar políticas basadas en la ciencia y participar en las decisiones que afectan a nuestro entorno. La responsabilidad individual y la colectiva no deben enfrentarse: se necesitan mutuamente.
El Escultismo enseña que un pequeño grupo consigue objetivos que serían difíciles para uno solo de sus componentes. Cada persona aporta sus capacidades, pero es la cooperación la que permite avanzar. Con el cambio climático sucede algo por el estilo, aunque a una escala más grande.
Dejar el mundo mejor de como lo encontramos
No todas las personas hemos dormido alguna vez en una tienda de campaña. No todas las personas sabemos hacer un nudo marinero, orientarnos con una brújula o encender un fuego de campamento donde esté permitido. No todas somos Scouts. Pero todas sabemos lo que significa querer conservar un lugar especial. Todas las personas hemos sentido alguna vez la tranquilidad de los bosques, la inmensidad del mar o la belleza de un cielo Estrellado y todas podemos comprender que las generaciones futuras merecen disfrutar de esas mismas experiencias.
El cambio climático no es solamente una cuestión de temperaturas, emisiones o estadísticas. También se trata de solidaridad, justicia y responsabilidad con quienes todavía no han nacido. Tal vez no podamos resolverlo todo. Tal vez nuestras acciones individuales parezcan insignificantes frente a la magnitud del problema, pero existe una idea que no deberíamos olvidar: no hemos heredado un planeta perfecto, pero todavía estamos a tiempo de evitar que sea mucho peor. Y cuando llegue el momento de recoger nuestro último campamento, de abandonar el sendero o de entregar este mundo a quienes vengan detrás, habrá una pregunta que todas y todos, Scouts o no, tendremos que responder: ¿lo dejamos un poco mejor de como lo encontramos?







